Antes de entrar en el tipo de madera, la veta o el grosor —factores que, por supuesto, influyen en el precio—, merece la pena hablar de lo que realmente aporta valor a una tabla de cortar artesanal: el trabajo que hay detrás.
Cuando una tabla está fabricada con varias especies de madera para crear un diseño determinado, cada pieza debe colocarse con precisión. La orientación de la veta, el ajuste entre las uniones y el orden del montaje son fundamentales para garantizar su estabilidad y durabilidad.
Después llega el encolado, un proceso que requiere varias prensas, una presión uniforme y mucho cuidado para evitar excesos de adhesivo. Una vez seca, comienza un trabajo de paciencia: hacer que las uniones sean prácticamente invisibles, comprobar que todo esté perfectamente escuadrado y realizar un lijado meticuloso.
A continuación se mecanizan los canales, se redondean o biselan los cantos, se eliminan a mano las marcas de la fresadora, se realiza el grabado si lo lleva y, finalmente, se aplica un acabado con aceites, ceras o ambos para proteger la madera y realzar su belleza natural.
Solo este proceso puede llevar, como mínimo, dos días de trabajo.
Esta tabla, además, está diseñada para ser versátil. Una cara incorpora un canal para recoger los jugos al cortar alimentos, mientras que la otra es completamente lisa, perfecta para presentar quesos, embutidos o aperitivos. El chaflán decorativo no solo mejora su estética, sino que también facilita levantarla de la encimera.
Las tablas de madera suelen compararse con las de polietileno por motivos de higiene. Sin embargo, diversos estudios han demostrado que muchas maderas poseen propiedades naturales que reducen drásticamente la presencia de bacterias cuando se utilizan y mantienen correctamente.
Por eso, cuando ves el precio de una tabla artesanal, no estás pagando solo la madera. Estás pagando el tiempo, la precisión, la experiencia y el cuidado que hacen que cada pieza sea única.